Entre maestros

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En los modelos educativos hay un temario sistemáticamente ausente, el que se refiere al conocimiento de sí mismo. Hoy día disponemos de tantos “conocimientos” que en las escuelas se producen muchas discusiones en torno a cuáles han de ser los prioritarios y cuáles no: cuántas horas para matemáticas, cuántas para lengua, cuántas para… Lo que tienen en común estos debates es que no se cuestionan la forma de entender el conocimiento, pues tienden a asumir el conocimiento como algo ya demostrado, registrado, clasificado, objetivado y descubierto por “otros”. Es decir, los alumnos son receptáculos más o menos vacíos que reciben con cierta pasividad un contenido exterior que han de memorizar y “aprender”. Poco importa lo que piensen al respecto y la utilidad que le encuentren a dicho “saber”; y todavía importa menos, más allá de lo anecdótico, si ellos traen algún saber que vaya más allá de los establecido por el programa de estudios.

De alguna manera, lo que en su día fue un revolucionario modelo emancipador que ha enseñado a millones de personas a leer, escribir, contar, etc., bebe de este imaginario cultural basado en la división entre quienes saben y los que no saben, entre quienes “poseen” un conocimiento “científico” y los que no. Lo curioso de todo esto es que no hay nada menos científico que esta visión educativa que entiende a los alumnos como entidades pasivas, una visión dentro de la cual no hay lugar para espíritus científicos, para seres inquietos capaces de investigar por sí mismos y desarrollar sus capacidades.

Pero no acaba aquí el asunto. En el modelo educativo actual, los alumnos no sólo son (de forma implícita e inconsciente) asumidos como pasivos, como receptores de contenidos construidos por otros; no sólo carecen de espacio para desarrollar sus capacidades; sino que, además, carecen de espacio para conocerse a sí mismos. Aquí está lo fundamental.

Esto quiere decir que no es relevante en su desarrollo educativo contactar con los límites impuestos por la personalidad; dilucidar los supuestos y creencias asumidos automáticamente de otras personas y que les lleva a vivir una vida que no ha sido elegida por ellos; reconocer los personajes egóticos con los que se identifican y enmascaran su ser; en definitiva, un espacio donde pueden reconocer su ser, donde puedan contactar con la experiencia de ser. Esto que puede sonar abstracto no lo es cuando es vivido de forma experiencial, sobre todo cuando provoca la trascendencia de ciertos patrones habituales de comportamiento durante la formación de la personalidad: la comparación con otros, sentirse superior o inferior a otros, la baja autoestima y, en definitiva, las distintas imágenes distorsionadas que uno se va formando de sí mismo a lo largo de su vida.

Por eso lleva razón el educador Carlos González Pérez, protagonista del documental Entre maestros, cuando reivindica la necesidad de una Segunda Alfabetización, una alfabetización 2.0 que no se refiere a la “era digital”, sino a la “era de la consciencia”, al despertar de las antiguas visiones duales de la realidad y al inicio de un modo de entender la educación basado en procesos de transformación y desarrollo de la consciencia, y no tanto en la adquisición de contenidos construidos por otros.

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