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Hay un ejercicio muy útil para el arte de vivir llamado “anticipación de los males” que nos ha llegado a través de los estoicos. El ejercicio consiste en intensificar la atención en el momento presente disipando la tendencia a vivir elucubrando hipotéticos malos presagios para el futuro; la tendencia a vivir a medias por si acaso. Para rebasar este hábito mental, el ejercicio consiste en llevar dichos casos hipotéticos hasta sus últimas consecuencias para vislumbrar que, en cualquier supuesto, nada de lo que ocurra puede ser tan catastrófico como creemos.

Un miedo muy común que podemos usar como ejemplo es el de evitar emprender algo por miedo a “perderlo todo”. Si aplicamos a este temor el ejercicio de la “anticipación de los males”, cabría preguntarnos “¿Qué es “perderlo todo”? ¿Qué pasaría si “lo pierdes todo”? Entonces uno se imagina desposeído, indigente, sin casa, sin dinero, sin posesiones materiales de ningún tipo, sin “nada”.

Imaginarse en una situación así sirve, en primer lugar, para tomar conciencia de cómo experimentamos el mundo: si lo experimentamos como un lugar basado en la carencia, la indiferencia y la supervivencia, o si lo experimentamos como un lugar de abundancia donde podemos confiar en su propia inteligencia y en la existencia de vínculos humanos de calidad. Esta apreciación es muy importante.

En segundo lugar, imaginarse en una situación así sirve para anticiparnos a una situación drástica en la que nuestra vida ordinaria quedaría interrumpida, llevándonos a situaciones impredecibles que requerirían de un cierto coraje por nuestra parte. Aunque estos momentos límite ocurren a muy poca gente y rara vez a lo largo de la vida, en el peor de los casos, pondrían a prueba nuestra fortaleza interior. Así que, en todo caso, anticiparnos a una posible catástrofe sirve para aceptar que algo así podría ocurrir alguna vez (sacándonos fuera de las visiones acomodadas de la vida que muchas veces tenemos) y, lo más importante, que en dicha situación nada sería tan catastrófico y desgarrador como para que nos impidiera ser activos, vitales, incluso creativos. Vamos, que es un sinsentido la expresión “perderlo todo”. El caso de Nelson Mandela animando durante décadas desde la cárcel a poner fin al apartheid en Sudáfrica es un buen ejemplo.

Practicar este ejercicio para situaciones más cercanas y posibles nos sirve para expandir la consciencia y aprender a vivir de forma íntegra pase lo que pase. Normalmente ocurre lo contrario: cuando pasan sucesos adversos perdemos el centro de nuestro ser y los convertimos en un drama “que-no-debería-estar-ocurriéndome-a-mí”.

Lo contrario de una práctica saludable del ejercicio de la “anticipación de los males” sucede con el hábito de pensar constantemente en situaciones negativas (posibles pero improbables). Yo lo llamo “imaginación negativa”. Éste hábito, a pesar de ser muy común, no suele reconocerse como tal, a pesar de ser innecesario, redundante, paralizador y marchitador de muchas vidas que no terminan de vivirse plenamente. Esta tendencia al “¿Y si…?” no tiene final hasta que no la llevamos conscientemente hasta el final, examinando sosegadamente todas sus consecuencias. Como toda práctica, requiere de cierta constancia para adquirir la pericia de no depender tanto del futuro, para lo cual la “anticipación de los males” es un buen antídoto.

Esta práctica se refuerza recordando las situaciones similares por las que ya has pasado y que, después de un tiempo (a veces muchos años), te das cuenta de que el drama con que las viviste no fue para tanto.

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