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Sí, a veces la existencia duele, y no sabemos por qué. A diferencia de otros tipos de dolor, éste es un dolor sordo y global que parece inundar nuestra vida y desbordar el armazón racional que habíamos construido pacientemente durante años acerca de quiénes somos y cómo han de ser las cosas. Es una sensación de una vulnerable desnudez que queda expuesta cuando se desmorona el castillo de naipes que conformaba nuestra existencia habitual.

“¿Qué está pasando en mi vida?¿Qué estoy haciendo con ella?” Estas son las preguntas que laten de fondo cuando llega a nosotros un dolor de este tipo. Preguntas que, antes o después, llegan. La importancia de estas preguntas se debe a que nos abren la posibilidad de emprender un proceso de expansión y apertura respecto a los marcos y creencias que habíamos establecidos como “normales”; rompen ciertos hábitos, ciertos prejuicios asumidos, ciertos modos convencionales de vida que empiezan a quedar obsoletos.

Entonces surgen dos problemas principales:

El primero es que carecemos de herramientas para vivir sin las referencias habituales que organizaban nuestra existencia. Se experimenta una sensación de vacío, de ausencia de suelo firme, de “nada”, de anonadamiento. La llegada de esta experiencia suele bloquearse cuando proyectamos la causa en un suceso o persona: “es por esto, por éste o por ésta”. No es fácil apreciar esta sensación como tal, en su completa desnudez personal, con toda la intimidad y soledad que trae consigo. Apreciarla como algo que afecta al núcleo mismo de tu ser. Requiere mucha valentía permitir que la experiencia del dolor existencial pueda aflorar con toda su intensidad en tu interior.

En el caso de que esto llegue a ocurrir, lo cual es un gran logro, la siguiente gran dificultad está en confundirlo con algún tipo de patología psicológica. Que una persona agote su sentido de ser no quiere decir que esté enferma, quiere decir que está en condiciones de experimentar un desarrollo importante en su estado de consciencia. Este tipo de situaciones no son reductibles a una depresión o crisis de ansiedad; son crisis portadoras de procesos de maduración del ser y del significado que le atribuimos a la existencia. El sentimiento de culpa y la dependencia de fármacos pueden impedir que este proceso pueda desencadenarse con todo el potencial que trae consigo.

El sufrimiento es una experiencia inevitable, pero también superable. Es inevitable porque puede llegar tanto por una situación de pérdida o ruptura como después de culminar un gran logro. Ahí reside su misterio y su poder: que invariablemente llega a nuestras vidas de un modo u otro, antes o después, y que, invariablemente, afecta a todos, sin excepción.

Así que está la posibilidad de inhibirse de esta experiencia proyectándola en los demás, o en la mala suerte, o en el destino. Hay inhibidores de todo tipo para refrenar la entrada del sufrimiento en la conciencia: la adicción al trabajo, buscar enemigos, perderse en el ruido televisivo, la comida, las compras, la búsqueda de placeres inmediatos, el consumo de entretenimiento, etc.

Una vez que has avanzado más allá de estos obstáculos, en los cuales es muy fácil quedarse, se abre la oportunidad de expandir el campo de visión y enriquecer el sentido que otorgas a tu propia vida. Transmutar el sufrimiento en una experiencia más real, sentida y viva del ser. Transmutarlo en un tipo desconocido y nuevo de libertad. Uno de los aspectos más relevantes de esta morada de la libertad es que ya no la puedes perder, pues nada ni nadie te la puede arrebatar. Es tuya porque forma parte de tu esencia, la cual es insobornable.

Esta es una de las grandes enseñanzas que trae consigo atravesar la ruta del sufrimiento: un nuevo tipo de libertad. Es paradójico, pero éste es uno de los grandes juegos de la existencia: para realizar la libertad primero tienes que extrañarla; para dar sentido a la vida primero hay que perderlo; para experimentar la plenitud primero pasas por el dolor.

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