Si hay un arte olvidado en el sótano de la historia de occidente ése es el arte por excelencia, el único arte al alcance de cualquier persona, el arte de vivir. Es cierto que esta expresión acuñada por los antiguos griegos ha recobrado cierta actualidad, aunque normalmente se relaciona con diversos aspectos referidos a la adquisición de bienestar personal: comer sano, hacer ejercicio, cuidar el cuerpo, mejorar la salud, etc. Todos estos aspectos tienen su lugar, tienen un valor importante, aunque derivado respecto del arte de vivir, el cual no puede reducirse a ninguno de ellos. Y es así porque éste no puede reducirse a formas únicas de hacer, pensar o actuar.

Tampoco tiene que ver con “adquirir” algo, en el sentido habitual de la palabra. Ninguna tienda podrá poner a la venta algo así como un “pack del arte de vivir”. Ni siquiera lo podrá hacer por sí sólo cualquier libro o texto hoy al alcance de todos en el océano de la sociedad de la información.

Así que el arte de vivir no tiene una forma exclusiva, unívoca, ni es una cosa que se pueda adquirir o comprar. Si tuviera una forma concreta o se pudiese adquirir, no sería un arte, sería un artefacto, y de artefactos estamos saturados. Ninguna sociedad como la nuestra ha producido tantas y tantas cosas que, simultáneamente, paradójicamente, no terminan de resolver la ancestral necesidad de bienestar personal que, de una u otra manera, todos hemos anhelado alguna vez. Al contrario, esa masificación de productos y artefactos nuevos no ha hecho sino aumentar la insatisfacción hasta el punto de convertirla en permanente, en un modus vivendi. De tantas cosas que tenemos a nuestro alcance, nos hemos convertido en profesionales de la insatisfacción y el descontento.

Pero entonces, ¿en qué consiste el arte de vivir? El arte de vivir comienza cuando uno descubre que nada exterior podrá suplantar de forma duradera aquello que reside en nuestro interior. Es así de sencillo; tanto, que puede costar un cierto trabajo aceptarlo como tal. Así que otro modo de comprender en qué consiste el arte de vivir es ése, el trabajo, el trabajo en relación con uno mismo, el trabajo que nadie más que uno mismo puede realizar. La noción de trabajo que utilizamos habitualmente tan sólo remite al exterior, a ese campo acotado de nuestra vida al que dedicamos unas cuantas horas a cambio de dinero, éxito o estatus social. Este trabajo externo puede ser muy satisfactorio, pero no puede reemplazar el otro trabajo, el interno, que es constante. Un ejemplo claro de esto lo representan ciertos artistas famosos u hombres de negocios que, sobrepasados por el éxito, acaban sucumbiendo por completo.

Así que el arte de vivir tiene que ver con un trabajo interno que sólo uno mismo puede realizar y que está dirigido también hacia uno mismo. En vez de trabajo lo podríamos llamar ejercicio, sin llegar a confundirlo con el ejercicio físico. Es un ejercicio porque requiere constancia, sin necesidad de un lugar o momento particular del día. Ahí radica la cualidad artística de este ejercicio: en que no puede encasillarse en un determinado lugar, momento, procedimiento, metodología, etc. Cuando esto ocurre, el arte se convierte en un artefacto autómata y desprovisto de vida, una adquisición más, un objeto de conocimiento limitado que podemos usar de vez en cuando. Por eso, más que una adquisición consiste en un deshacer, un desprenderse, un “soltar” aquello que nos sobra, aquello que está alejado de nosotros mismos, aquello que nos impide ser quienes somos de verdad. El arte de vivir tiene que ver con un inacabable proceso de descubrimiento de aquellas dimensiones autómatas y superficiales de uno mismo que le impiden vivir la vida.

Hoy se han convertido en un tópico frases como: “vive la vida”, “vive el presente”, “carpe diem”, etc., frases hechas que hasta no hace mucho tiempo podían conllevar un elevado riesgo de transgresión social. La intención de fondo de todos esos tópicos está en sacar a uno del automatismo, de las rutinas aburridas o del pasado absorbente, pero muchas veces se acaba confundiendo y reduciendo a experiencias intensas, experiencias límite, experiencias que ponen en juego la integridad física, los atrevimientos personales, las emociones desinhibidas o lo que sea. Todo eso está muy alejando del arte de vivir, ya que suele limitarse a una experiencia concreta.

Para sentirnos vivos no es necesario pasar por estas “pruebas”, aunque bien es cierto que se han convertido en parte de la llamada cultura del entretenimiento y el bienestar. Por eso vuelvo a repetir que no se trata de un artefacto, procedimiento o experiencia concreta.

Y ahora viene la pregunta del millón: ¿para qué sirve el arte de vivir? Buena pregunta. Un modo negativo de expresarlo sería: para abandonar ese persistente sentimiento de insatisfacción y carencia que ahoga nuestro ser. Un modo afirmativo de expresarlo puede ser: para sentir la completud interior, para experimentar de un modo permanente la insobornable vivacidad de la vida. Y es que no es lo mismo estar vivo que sentirse vivo. De un estado al otro hay todo un salto cualitativo que atañe directamente al proceso y ejercicio del arte de vivir. Y de uno mismo depende emprenderlo

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