INSTANTES farolas

Uno de los aspectos más frecuentemente señalados en las diversas tradiciones de sabiduría es el de la “atención” y el “darse cuenta”. A primera vista, estas expresiones no parecen encerrar ningún misterio extraordinario ni nada que quepa nombrar como “sabiduría” y, sin embargo, podemos encontrar referencias a la misma experiencia en autores muy dispares a nivel geográfico, histórico y cultural; es decir, maestros de vida que no supieron nada el uno del otro… ¿No hay de por sí algo de extraordinario en esto?

Tratemos de indagar brevemente qué encierra esta extraña obviedad de la “atención” y el “darse cuenta”, pues, supuestamente, todo ser humano en estado de vigilia “está atendiendo” y “prestando atención” a los estímulos del exterior: objetos, sonidos, colores, etc. ¿Cómo es posible entonces tanta insistencia en algo tan obvio?

Para tratar de comprenderlo podemos encontrar una analogía en aquellos instantes que, de forma espontánea, paralizan nuestra actividad y retienen nuestra atención: la lluvia repicando en el cristal de la ventana, un relámpago escalofriante, la brisa del viento recorriendo nuestro cuerpo, la llama viva de un fuego en la chimenea, el resplandor quebrado de la luna en el mar, las texturas violetas del sol en su ocaso…

Estas experiencias nos son familiares y las degustamos porque hay en ellas una intensidad especial. En ocasiones podemos pasar horas imbuidos de una atención tan intensa que hasta perdemos la noción del tiempo, sin importarnos lo que estábamos haciendo. Lo que tienen en común es que, más allá de la forma concreta que tengan dichas experiencias, en nosotros se produce una atención diferente, una intensidad especial, unos instantes de presencia.

Pues bien, estos ejemplos dan cuenta de la importancia y cualidad de la atención cuando ésta es consciente, cuando nace de una fuente de intensidad que habita en nuestro interior. Lo que pretenden transmitir las tradiciones de filosofía perenne es la posibilidad de desarrollar esta atención no sólo en determinados momentos de inusitada belleza, sino como una cualidad estable de percepción apta en cualquier momento, aquí y ahora. Sí, ahora. No hay ningún motivo para no extender dicha atención en cualquier instante cotidiano y hallar belleza, intensidad y gozo en ello.

Presenciar la realidad es honrar el presente, comprender que siempre vivimos en el presente. Y esto no le gusta a la mente, siempre dispuesta a habitar en sus viajes hacia las fantasías del futuro o embutirse en las añoranzas del pasado. Pero esto no hay que confundirlo con el “carpe diem” de los latinos, es decir, con el consumo y colección de experiencias intensas con las que justificar nuestra existencia y distinguirnos de otras personas. Más bien se trata del “amor fati” y ese “santo decir SÍ” que diría Nietzsche, sí a todo aquello que presenciamos y ocurre en nuestros quehaceres diarios.

Es en este tipo de matices donde se encierra una de las principales claves de la existencia. La mente y sus interpretaciones constantes de cuanto ocurre tiende a convertir el presente en un medio para un fin ulterior, más “placentero”, “sublime” y “elevado”; dicho de otro modo: tiende a convertir la vivacidad del presente en un medio para otros fines. Por su complejidad creciente, la mente no observada y no “atenta” tiende a menoscabar la experiencia concreta del presente y buscar en otro lugar las “soluciones”: sea el futuro, la suerte, otras personas, otros lugares, etc.

Esta tendencia de la mente a buscar fuera y olvidar su hogar, que es la presencia, la atención a lo que ocurre, está bien ejemplificado en esta historia, tan rica en significados, atribuida al legendario personaje Nasrudín. Aquí la reproduzco:

“Muy tarde por la noche Nasrudin se encuentra dando vueltas alrededor de una farola, mirando hacia abajo. Pasa por allí un vecino.

– ¿Qué estás haciendo Nasrudín, has perdido alguna cosa?- le pregunta.
– Sí, estoy buscando mi llave.

El vecino se queda con él para ayudarle a buscar. Después de un rato, pasa una vecina.
-¿Qué estáis haciendo? – les pregunta.
– Estamos buscando la llave de Nasrudín.
Ella también quiere ayudarlos y se pone a buscar.

Luego, otro vecino se une a ellos. Juntos buscan y buscan y buscan. Habiendo buscado durante un largo rato acaban por cansarse. Un vecino pregunta:

– Nasrudín, hemos buscado tu llave durante mucho tiempo, ¿estás seguro de haberla perdido en este lugar?
– No, dice Nasrudín
– ¿dónde la perdiste, pues?
– Allí, en mi casa.
– Entonces, ¿por qué la estamos buscando aquí?
– Pues porque aquí hay más luz y mi casa está muy oscura.”

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