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La ansiedad, la depresión o el estrés se han convertido en estos tiempos hiperactivos en modos habituales de vida. Y nos hemos habituado a ellos rápidamente, aunque no tiene tanto tiempo que se vienen produciendo. Tal es así que a los hispanohablantes no nos ha dado tiempo a inventar una palabra que traduzca el término anglosajón: “stress”.

Estas perturbaciones mentales están tan abrumadoramente extendidas en la sociedad que pasan desapercibidas, son asumidas sin más, como si fuera normal vivir así. Incluso  acaban confundiéndose con una supuesta “naturaleza” humana. Como dice Eckhart Tolle, cuesta imaginarse a un sapo estresado o un pájaro con depresión, y sin embargo vemos normal que eso ocurra en los seres humanos. En cierto modo nos hemos convertido en adictos al pensamiento, porque abusamos de ese abstracto artefacto llamado “mente”. La capacidad de abstraer, imaginar, fabular, idear, proyectar, recordar, suponer, etc., es muy poderosa y atractiva, pues es tan próxima a nosotros que, de tan a la mano que está, como el oxígeno, “creemos” que la necesitamos constantemente (como el oxígeno).

Hace 200 años empezó a ser un derecho básico aprender a leer, escribir y contar. Fue un derecho reconocido para poder desarrollar un pensamiento autónomo y libre en una sociedad “ilustrada”. Pero ¿cómo iban a imaginar los visionarios de tales derechos que, siglos después, la casi universalización de la alfabetización no iba a formar una humanidad tan ilustrada como creyeron? Hoy se lee más que nunca, hay mucha facilidad para acceder a la información y, en general, muchos estímulos mentales: televisiones, videojuegos, Internet, nuevas tecnologías, etc. Las sociedades actuales han entronizado la mente sin advertir sus la magnitud de sus disfunciones.

Uno de mis ejercicios favoritos es pasear por la calle y observar a la gente pensando, caminando y pensando, fumando y pensando, paseando al perro y pensando. Lo gracioso de todo esto es que lo hacemos inconscientemente. No sabemos que estamos pensando. No somos conscientes. Así que el pensamiento, en vez de ser algo que utilicemos activamente cuando nos resulta necesario, se convierte en algo que “sucede en nosotros”. Y sí, sucede en nosotros porque no nos damos cuenta de ello.

Haz la prueba cuando acabes de leer este texto. Observa a la gente al caminar y podrás comprobar que su rostro denota estar en otro lado, una región mental alejada del lugar por donde están paseando. Este ejercicio lo puedes hacer tú mismo: observa al pensador que hay en ti; descúbrete pensando sin ser consciente de ello. Incluso puede que te descubras hablando solo sin previo aviso. Te sorprenderás de ti como quien se encuentra un zombie en su propia casa.

El origen de toda esta confusión comienza cuando se reduce el ser humano a la mente, cuando la identidad profunda se reduce a ideas. Las ideas son útiles y tienen su lugar, el problema está cuando se convierten en una identidad que sirve para definirte y darte seguridad. Ahí está el origen de todas las ideologías, todos los “-ismos”, como decía Ortega y Gasset.

Los seres humanos nos tomamos con demasiada gravedad nuestras ideas, ideas sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Y todo esto acaba convirtiéndose en un drama, en ideas que se llevan consigo a la cama y no nos dejan dormir. En definitiva, ideas que no dejan a uno SER.

Lo más interesante de la adicción a pensar está en que nos abre una nueva posibilidad: cansarnos de ello, hastiarnos de ello y descubrir que hay una dimensión humana del vivir que no es mental, que es consciente pero no es mental. Esta dimensión consciente, la “consciencia de ser consciente” trae una inmensa libertad. Podemos tomarlo como un derecho básico no reconocido por ninguna constitución: la libertad respecto de la adicción a pensar.

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