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El hábito de definirnos en función de lo que hacemos se corresponde con la idea de que “cuanto más hacemos más somos”, de manera que hacemos y hacemos cuanto más identificados estamos con tal creencia. “¿Y tú qué haces?¿estudias o trabajas?”.

Esta espiral vertiginosa de quehaceres que vamos asumiendo lleva a situaciones absurdas, como cuando nos sentimos avergonzados o culpables (por “vagos”) cuando estamos unos simples minutos sin hacer “nada”; o cuando no ponemos plena atención a algo porque hay al mismo tiempo otra cosa más urgente por resolver; o por sentir que “no hacemos lo suficiente” a pesar del agotamiento acumulado; o cuando intentamos directamente “no hacer nada” y al poco nos descubrimos viendo el móvil sin querer por treintava vez en el día.

Pasamos de un “hacer” a otro “hacer” sin parar, por más superfluo e inútil que sea, con tal de no contactar con la extraña sensación de “no hacer nada”, donde parece que nuestra identidad “hacedora” se desmorona.

Esta forma cotidiana de inconsciencia se alimenta de la creencia de que el motor de la vida es la acción, y no la Vida misma. Si usamos la analogía del cuerpo humano, sería una locura creer que somos nosotros quienes tenemos que hacer todas las funciones que el cuerpo requiere para funcionar correctamente, acordándonos a cada rato de respirar, bombeando constantemente el corazón, decidiendo qué hacer con los alimentos que entran, etc. El cuerpo tiene su propia lógica, y nosotros cooperamos de vez en cuando con él para que así continúe, aseándolo, haciendo ejercicio, etc. Así como el cuerpo tiene su inteligencia, la vida tiene la suya propia, y no requiere de una intervención constante a base de deliberaciones, elecciones y decisiones drásticas, dudas sobre si hemos hecho lo correcto, sentimientos de culpa porque otros lo hacen mejor o de insuficiencia porque podríamos haber hecho más, etc.

“No hacer nada” no es sinónimo de pereza ni mucho menos. De hecho, se puede ser muy perezoso y aparentemente activo, dedicando ingentes cantidades de energía a actividades realizadas por convenciones sociales, porque todos lo hacen, porque nos sentimos aprobados, etc; sobre todo, porque así no hay que detenerse a observar si las hacemos porque queremos o porque ayudan a seguir huyendo de uno mismo.

Así que se trata de un “no hacer nada” consciente. Este “no hacer nada” tiene un sentido mucho más profundo y bastante olvidado: la capacidad de atestiguar la Realidad y disfrutar de dicha contemplación. Atestiguar “lo que es”, sin más.

Esta habilidad ha quedado casi extinguida en las sociedades occidentales, lo cual es una tendencia casi planetaria. Y es una habilidad porque su integración requiere enfrentarse a muchas dificultades externas, especialmente el ruido dominante en los modos actuales de vida, así como el escaso o nulo valor que se le atribuye en la sociedad contemporánea.

La dificultad de “no hacer nada” sucede incluso con el tiempo libre, el cual tiende a estar cada vez más planificado, estructurado y saturado de actividades que acaban ocasionando más estrés. Hemos llegado a un punto en el que hasta da miedo y una sensación inaceptable de descontrol no saber qué va a ocurrir en los próximos minutos, por no hablar de los próximos días.

Esta enorme dificultad para permitir espacios libres de hacer a lo largo del día está conectada con el miedo a la confrontación con el ruido interior, o dicho de otra manera, a escuchar la extraña sensación que provee el silencio. Escuchar el silencio…

La hiperactividad como modo de vida también está conectada con un entendimiento del tiempo como algo que hay que “aprovechar o acumular”, pues de lo contrario lo podemos “desperdiciar o perder”. La sensación de “salvar el tiempo” parece relacionarse con la sensación de “salvar nuestra vida” haciendo cosas, y ésta a su vez con un sentido de la identidad basado en la acción: “Yo soy lo que hago”, “mi sentido del “yo” depende de mis acciones”, “mi vida son mis méritos”, “soy más si hago más, soy menos si hago menos”, etc.

En definitiva, parece más importante qué es lo que haces que quién eres tú. Sin embargo, para profundizar y estar enraizado en uno mismo se requiere de buenas dosis de “no hacer nada” de forma consciente. Practicar este ejercicio puede ser complicado al principio, pues el entorno no suele ayudar en ello. Al lograr una cierta constancia en esta práctica se puede comprobar ciertos fenómenos sorprendentes, como el hecho de que “no hacer nada” permite a su vez “hacer muchas cosas”.

Este habitar en el espacio de consciencia del “no hacer” está en la base de una vida realmente creativa, donde lo inesperado se convierte en un poderoso aliado de la creación. A esto se refiere el verso del Tao Te King que dice: “El Tao no hace nada, y nada se queda sin hacer”.

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