Sí, el título de este artículo es correcto: la filosofía transforma la vida. La expresión “filosofía” deriva de una expresión previa, “filósofo”, con la cual se llamaban a sí mismos ciertos seres extraños de la Gracia clásica que dedicaban su vida a practicar el amor a la sabiduría. Eran seres extraños no tanto por lo que decían o escribían, pues escribían poco, sino principalmente por cómo vivían. Muchos de ellos viajaban durante años a conocer los misterios del Antiguo Egipto, o se exponían ante ciertos peligros mortales, o sufrían restricciones muy severas en sus condiciones de vida. Sea lo que fuese, era común a todos ellos el haber sufrido ciertos impactos existenciales tan extraordinarios que ya no podían ser los mismos que antes. Impactos que provocaban en su ser una mutación completa.

Este tipo de experiencias de alto voltaje son las que ponían en cuestión la visión convencional del mundo en que vivían y de sí mismos, conduciéndoles a indagar qué nuevas y penetrantes realidades se ocultaban detrás de los velos de lo ordinario. Estos filósofos eran tales no porque hubiesen leído mucho, sino porque habían puesto en cuestión los aspectos superficiales de la existencia, que tantos padecimientos nos traen. Amar la sabiduría tiene que ver con eso, con dejar de conformarnos con la superficialidad que nos impide ser quien somos y vivir con autenticidad. Este desafío está muy bien resumido en la frase de Píndaro: “llega a ser quien eres”. Es así de sencillo y difícil a la vez.

Hasta entonces, lo sencillo era seguir perdiéndose en las tareas que todos hacen, era cargarse con las “obligaciones” que no dejan tiempo para más, era huir de uno mismo… Pero quien se tomaba en serio el reto de la vida filosófica era considerado un héroe, pues pocos se atrevían a amar el pálpito íntimo de su sabiduría de fondo y ser consecuentes con ello. La sabiduría no consiste en palabras bonitas; muchas veces consiste en contactar con la crudeza de despojarnos de nuestros velos ilusorios y ver qué estamos haciendo realmente con nuestra vida.

No es fácil “ser quienes somos”, pero tampoco es imposible. No es fácil sobre todo porque solemos poner muchas resistencias para ello, porque incluso nos da vergüenza “ser”. Por lo general todos necesitamos de un cierto impacto existencial para iniciarnos en la vida filosófica. Este tipo de “acorralamiento” de la existencia suele venir a través de una fuerte decepción, un viaje transformador, una persona que nos dice la frase que necesitábamos, un fallecimiento inesperado…

Este tipo de condiciones suelen ser necesarias para activar la chispa de la filosofía, el camino de “llegar a ser quien somos”: tan inmediato, tan directo, tan lleno de escollos y dificultades…

Los filósofos antiguos eran seres extraños porque querían vivir la vida que les correspondía, la vida auténtica, y no la misma que todos viven. También eran seres extraños porque hablaban del dolor y de la muerte. Habían atravesado ciertas experiencias relacionadas con el dolor y el miedo a la muerte, y eso les permitía enseñar algo al respecto. Ellos se habían atrevido a caminar esos peligrosos senderos que nadie quiere atravesar.

Si hay una cualidad que distinguía a los filósofos de la antigüedad para ser designados como tales era que habían atravesado los senderos del miedo y habían perdido por completo el temor a vivir. De nuevo, el temor a vivir “llegando a ser quien eres”.

Uno de los frutos que revela una maduración en la vida filosófica es la conexión con la alegría de vivir. La confusión habitual aquí estriba en que solemos condicionar la alegría a la improbable sucesión de ciertas circunstancias extraordinarias, improbables; ciertos acontecimientos que no dependen de nosotros mismos. Y sin embargo, en el mejor de los casos, cuando estas circunstancias acontecen efectivamente, la alegría que experimentamos no dura mucho, no tarda en desvanecerse, tarde o temprano…

Lo más sorprendente de esto es que todos hemos tenido breves atisbos de esta directa alegría de vivir, instantes efímeros en los que no hemos pedido nada más a la vida, sino que nos hemos fundido con ella. La cuestión es que no solemos darle mucha importancia y los dejamos pasar como algo “fruto de la casualidad”, ”de la “imaginación”, de lo “transitorio” de la existencia, etc.

Pero estas experiencias, por efímeras que sean, nos dan acceso a un estado de fusión con la vida, de ser uno con ella, en vez de luchar contra ella o tener tanto miedo a ella. Esta capacidad “unificadora”, incluyendo las experiencias más desagradables, es netamente filosófica, al menos tal y como lo entendían los filósofos del mundo antiguo. Y es que la filosofía, cuando es una práctica viva o no una erudición estéril, no sólo nos transforma la vida, sino que nos conecta más a ella, nos introduce en una vida más verdadera.

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