Estamos acostumbrados a ver muchas formas de lucha, desde las guerras propiamente dichas, con sus tanques, bombas, ejércitos, muertes, etc., pasando por las luchas económicas, con sus lobbies y competiciones por las cuotas de mercado; las políticas, con sus inacabables batallas dialécticas, llenas de acusaciones, hipocresía y desprecio; o las más cercanas peleas callejeras, con sus insultos y agresiones físicas.

Todo esto nos es bien conocido, especialmente para el ojo humano, que posee en su registro visual múltiples fotografías de todos estos tipos de lucha. Pero lo que éste no puede alcanzar a ver es todo el conjunto de luchas internas que uno sostiene consigo mismo, dentro, en su propio hogar. Captar esas luchas es objeto de una visión más profunda, un «ojo interno» que está relacionado con la visión que uno tiene de sí mismo.

Cuando no se halla este «ojo interno», cuando no se «re-conoce», y esto ocurre frecuentemente, tendemos a proyectar en el mundo exterior todo aquello que tiene su origen en uno mismo. Así nace el juego de las acusaciones, las quejas, y, en general, muchas formas de rechazo y conflicto con el llamado «mundo», como si fuese una entidad separada de nuestra propia visión personal de «lo que son las cosas». Esto es comprensible porque es mucho más fácil ver las cosas con los ojos de la cara que con el ojo interno; es mucho más fácil ver el afuera porque nos parece más accesible y manipulable, más tangible, más real, más conflictivo.

De hecho, nuestra cultura del espectáculo es adicta al conflicto, se alimenta de él hasta convertirlo en una industria del entretenimiento y un modo inconsciente de «estar juntos» y relacionarse. Por eso el conflicto y las luchas están tan profundamente arraigadas en el imaginario cultural que acaban por convertirse en algo normal, tan real como la vida misma.

Pero un cambio extraordinario se produce cuando el foco principal de observación, de escucha y de atención se pone en la enorme cantidad de movimientos contradictorios y luchas inacabables que se producen incansablemente en el interior de uno mismo, sin más motivo que repetirse una y otra vez, reproduciéndose a sí mismas como un ser vivo inflado de veneno.

La lucha interior es un estado gratuito de división consigo mismo del que no somos conscientes: juzgarse, culparse, insultarse, etc., son formas de maltrato que vamos interiorizando a lo largo de los años hasta que, sin darnos cuenta, acaban instalándose dentro de nosotros como si fueran una parte real de nuestro ser. Todas estas formas tienen en común su capacidad para hacernos sufrir, así que la mejor manera de detectarlas es reconocer el sufrimiento propio y emprender la tarea de comprender su funcionamiento, su mecanismo, cómo se activa y cómo opera automáticamente, utilizándonos como una marioneta de trapo.

Cuando decimos «yo», en realidad encubrimos con esa palabra las múltiples variedades de disputas y divisiones que acontecen a diario en nuestro fuero interno, impidiéndonos hacernos cargo de ellas y captar hasta qué punto es difícil «ser uno consigo mismo». Desde los cambios de humor hasta los trastornos de la personalidad hallamos el vasto territorio donde se reproduce un campo de batalla del que sólo nosotros mismos podemos ocuparnos. Reconocer la existencia de estas luchas y su funcionamiento inconsciente es un ejercicio fundamental de responsabilidad, pues, ¿de qué podemos hacernos responsables si no lo somos de nosotros mismos?

Hacerse responsable de la lucha interior es la mejor manera de empezar a ser uno mismo y de sentirse completo, más allá de la dualidad psíquica y la visión hostil del mundo. Este ejercicio de responsabilidad hacia uno mismo nos saca de la hostilidad y la impotencia ante un mundo ajeno, competitivo y salvaje, en-poder-dándonos hacia un mundo que es nuestro mundo, un mundo cuyas luchas disminuyen cuando desaparecen las nuestras.

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