*Templo griego 2

*

Hoy en día puede parecer una provocación anacrónica la expresión “sabiduría perenne”. Por un lado, porque hablar de “sabiduría” puede sonar pedante, como si se tratara de un intento por rescatar una vieja aspiración a la perfección humana, a la cual sólo tienen acceso unos pocos eruditos privilegiados. En su caso, actualmente se sigue utilizando el término para aludir a alguien que ha leído y escrito mucho, y que de muchas cosas habla con gravedad, mostrándose grave. De todos modos, lo más equivalente hoy a lo que se entendía antiguamente por sabiduría son los llamados “expertos”, los “científicos” y los “técnicos”.

El otro término de la expresión es el de “perenne”. ¿Y a qué se refiere? A aquello que nunca muere. Así de simple. Probablemente esto puede sonar bastante extraño cuando una sociedad se denomina a sí misma “postmoderna”, en el sentido de estar más allá de cualquier ideología identitaria de tipo filosófico o religioso: sea el cristianismo, el materialismo, el nacionalismo, etc.

La decadencia de estas creencias profundamente arraigadas durante siglos ha permitido al ser humano descubrir su singularidad, descubrir aquello que lo hace peculiar ante los demás, descubrir su carácter histórico e irrepetible. Pero esta ventaja trae consigo una desventaja: el olvido de la dimensión no histórica de los seres humanos. ¿Cómo puede ser eso posible?

Pues es posible porque no somos tan diferentes a los humanos que vivieron hace varios milenios atrás, y las mismas preguntas esenciales que se hicieron entonces son las que nos hacemos ahora: “¿Qué hago yo aquí?” “¿Qué me ocurre?” “¿Qué es todo esto?” Estas preguntas fundamentales son las fundadoras de muy diversos caminos de trasformación del ser humano, caminos que remiten hasta figuras como Buda, Krishna, Sócrates o Jesús, por citar algunos ejemplos muy conocidos, pero que también podemos encontrar a lo largo de la historia hasta hoy.

Más allá de la historia de sus vidas personales o las circunstancias de su tiempo, lo importante es la experiencia concreta que trataron de transmitir, y que tiene que ver con la dimensión infinita del ser humano: una dimensión de libertad profunda, la consciencia de Ser.

Por ejemplo, Platón, al hablar en la República de las cualidades filosóficas, se refiere a “la facilidad de aprender, la vivacidad, la ausencia de temor a la muerte y la grandeza de espíritu”. ¿Puede haber más dicha que esa en la vida?

La mayor dificultad para comprender las tradiciones de sabiduría perenne está en el lenguaje, en sus expresiones que hoy nos llegan con un cierto olor caduco y desgastado -expresiones míticas y alegóricas- y sobre todo en la confusión y el abuso que se ha cometido con lo que hoy nos parecen nada más que palabras vacías. Abusos de poder conocidos de sobra, y que siguen cercenando y condicionando extraordinariamente las posibilidades de la conciencia, mucho más de lo que parece. A pesar de todo, en las últimas décadas ha tomado especial relevancia en la psicología, en la psicoterapia, la autoayuda, la consulta filosófica, etc. ¿Cómo es esto posible? ¿Por qué después de tanto tiempo sigue viva la sabiduría perenne, tan similar y tan diversa a la vez en sus modos de expresión?

Como dice Mónica Cavallé: “La sabiduría perenne ha pasado la prueba del tiempo”, en alusión al efecto liberador que sigue provocando a quien la comprende. Ella continúa renovándose porque habla de una experiencia viva, directa y profunda de transformación.

Anuncios