Hay en nosotros un instinto de supervivencia muy fuerte que nos impele a anticiparnos a los posibles peligros y a garantizarnos una seguridad en la vida. Puesto que el futuro es impredecible, nos esforzamos en procurarnos “un poco más” de lo que realmente necesitamos para el día de hoy. Planificamos las semanas, meses e incluso años siguientes para “no perdernos”, para “aprovechar el tiempo”, para “ganarnos la vida”. Hay una cierta necesidad de controlar toda esa incertidumbre, ese futuro que parece tan amenazante.

Y así nos proveemos de muchas cosas: una casa, un coche, un trabajo, etc. También nos proveemos de personas. Es muy habitual oír en un casamiento la expresión “ya tiene la vida resuelta”. Y es que encontramos seguridad en los afectos que nos proporciona otro, otra, la pareja. Incluso nos proveemos de ideas que nos dan seguridad acerca de la realidad: “esta vida es un valle de lágrimas”, “la vida carece de sentido”, “hay que vivir al máximo”.

Tenemos un impulso muy fuerte por “resolver la vida” lo antes posible, lo más jóvenes posible, para así poder “disfrutar de la vida”, controlarla, reducirla a algo que nos sea fácil de manejar y disfrutar.

Pero, ¿cómo una persona que está viva puede de hecho “resolver la vida”? Más bien parece una contradicción. “Resolver la vida” es como dejar de vivir, poner en suspenso la exigencia de vivir, la inevitabilidad del misterio que supone vivir.

La búsqueda de seguridad en la propiedad de una casa, un empleo estable o una pareja nunca está garantizada del todo, por más que dispongamos de una escritura de la propiedad, un contrato laboral o un libro de familia. Tendemos a aferrarnos a estos objetos e ideas como garantías de vida, como si fueran a durar siempre, como si fueran eternos, lo cual no es cierto.

La vida no consiste en la permanencia de las cosas, por más que lo queramos. Es inevitable que, antes o después, llegue cualquier imprevisto, una crisis, una muerte, un vuelco de las circunstancias. Y cuanto más nos aferramos a la idea de tener “la vida resuelta”, más fuerte es el impacto doloroso del cambio. Pero sólo es eso, una idea. Cuando ponemos las ideas ilusorias a comandar nuestra vida tendremos, antes o después, elevadas dosis de sufrimiento gratuito.

Es muy habitual comprobar esto en la sociedad actual, que tantos esfuerzos ha hecho y hace por resolver las inclemencias, las amenazas, los peligros e imprevistos. Trabajamos más que nunca, disponemos de más tecnología que nunca, de más propiedades, de pólizas de seguros, de medidas de seguridad, de predicciones científicas, de planes de jubilación. Y nada de eso nos exime de una vida expuesta a la mutación, a los cambios drásticos, a la novedad.

No podemos controlar la vida por completo, por más que así lo creamos. Su modo de ser excede una y otra vez la lógica humana. Esto no quiere decir que no haya nada que podamos hacer, pues es imposible no hacer nada.

La vida humana siempre estará inmersa en viajes de ida y venida, de ganancias y pérdidas, de derroches y carestías. Cuando empiezas a “ver” esa lógica, ese latido silencioso, la conciencia gana un espacio nuevo de libertad, una distancia con respecto a las ideas ilusorias de la mente y su incesante necesidad de seguridad, de objetos, de personas e ideas.

Comprendes que la vida no se puede resolver, sino más bien vivir, y saberlo proporciona una gran libertad.

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