Las máscaras

Una de las mayores sutilezas en el arte de vivir consiste en aprender a observar cómo vemos a los demás y a nosotros mismos. Efectivamente, cuando estamos con otra persona conversando suele ocurrir que, más que dirigirnos a esa persona, nos dirigimos a una imagen que tenemos de dicha persona. Y viceversa. Esto no es fácil de observar, no es evidente de forma directa; pero sí es mucho más nítido advertirlo por los modos de hablar que empleamos: la repentina restricción de palabras, o por el contrario, la proliferación de elogios, ocurrencias y demás; la transformación de un lenguaje espontáneo en otro más refinado y “elevado”, o incluso su vulgarización para sentir una igualdad con el otro. Este tipo de relaciones suelen estar movilizadas por la búsqueda de aceptación, por la tendencia a la comparación, por los juegos de poder, por el temor al aislamiento.

Es muy común en las relaciones con los demás que se produzca esta multiplicación de imágenes del otro y de uno mismo, de “cómo-me-verá-a-mí” y “cómo-he-de-ser”, de modo que, donde físicamente hay dos personas, en el plano psíquico a varias más operando al mismo tiempo.

Esta es una cuestión de la veracidad del ser, de ser veraz, de mostrarse tal y como uno es ante sí mismo y ante los demás.

El caso es que este juego pasa todavía más inadvertido cuando uno está en soledad. De forma análoga al ejemplo anterior, aunque sea una persona física la que se encuentra en soledad, ¿cuántas más personas psíquicas se encuentran con ella? Esos “yoes” inadvertidos, como decía Gurdjieff, dibujan constantemente la imagen que uno tiene de sí mismo, sea de superioridad o inferioridad, de víctima o verdugo, de exitoso o fracasado, de válido o despreciable, y así un largo etcétera.

A poco que uno se detenga a observarlo, verá que todo esto es un juego mental completamente ilusorio. Para juzgarse como una persona excelente o como un completo inútil, debe haber “alguien” más que juzgue así, pero ¿quién es ése “alguien”? Uno que juzga y otro que es juzgado: ya tenemos a dos “personas” dentro de una.

Llevado al otro extremo, decir que uno tiene una buena “auto-estima” o un pensamiento positivo sobre sí mismo tampoco tiene mucho sentido, pues, de nuevo, hay una división entre uno que juzga y otro que es juzgado, uno que dice que “todo está bien” y otro que recibe el halago. Pero esto es otro juego que genera división interior y una constante preocupación por “cómo soy”. No es necesario construir un relato positivo sobre uno mismo para “ser” uno mismo. Basta con ser uno mismo.

Este ejercicio de aprender a observar las imágenes del “yo” es fundamental para vivir de un modo mucho más sereno, y por supuesto para relacionarse también con los demás con más franqueza y veracidad. Aprender a disolver las imágenes que fabricamos sobre nosotros mismos. Cuando los budistas se refieren a la disolución del yo, se están refiriendo a estas imágenes superficiales. Esta observación tan perspicaz raras veces ha sido entendida en la cultura occidental.

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