shiva 2

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Hay pensadores que se convierten en clásicos por su penetración en ciertas cuestiones que no sólo fueron de gran actualidad en la época que les tocó vivir, sino que también son actuales para nosotros. Estos pensadores bucearon en preguntas semejantes a las que nos hacemos hoy: “¿Qué he venido a hacer aquí?”“¿Cuál es el origen del sufrimiento?”“¿En qué consiste vivir?”.

Todos somos iguales ante estas preguntas. Ellas nos interpelan reclamando respuestas significativas, respuestas capaces de saciar nuestra sed de una vida mejor, y nos interpelan con tanta mayor insistencia cuanto menos atinamos con las respuestas. Lo bueno es que cuando se produce esta insistencia es porque estamos escuchando el clamor interior de las preguntas esenciales, las preguntas de la vida; porque la otra opción es la de salir corriendo y huir de ellas, lo que significa tan sólo una solución aparente que hará que los fantasmas de dichas preguntas nos persigan manifestándose en patologías diversas.

Por más respuestas que estos filósofos hayan dado a ciertas cuestiones de gran calado, esa información no basta si no ha atravesado el filtro de nuestra propia comprensión viva y personal. Esta comprensión puede ser ardua, lenta y plagada de esfuerzos fallidos. Desde luego, cuando esa comprensión es viva y eficaz, muchos ídolos se desmoronan: la confianza en ciertas figuras de autoridad, el confort de una vida planificada a décadas vista, las certezas que toda cultura construye para dotarnos de una frágil seguridad, la convicción de quien creíamos ser y no somos… A buen seguro, quien atraviesa los desafíos que plantean estas preguntas gana autenticidad y un sentimiento nuevo de vivacidad y frescura, casi como si hubiera vuelto a nacer.

Y es que sólo nosotros podemos respondernos realmente a las preguntas esenciales, cada uno a su manera; muchas veces la respuesta a una misma pregunta varía conforme nuestra inteligencia se hace más aguda e intuitiva, conforme vamos descartando más y más “respuestas insuficientes”.

Parece una ironía de la vida, un juego burlón que nos invita una y otra vez a jugar con sus propias reglas; un juego que unos aceptan jugar y otros evitan. Es el juego de venir a este mundo sin saber el propósito que nos trajo hasta aquí, es el mismo entretenimiento generación tras generación, siglo tras siglo: jugamos a que lo sabemos todo hasta que descubrimos que no sabemos nada, jugamos a estar seguros de nosotros mismos hasta estar completamente desconcertados, vivimos imitando a otros hasta que empezamos a dudar de nosotros mismos. Este juego se torna dramático cuando aparecen las preguntas esenciales, porque entonces no sabemos qué nos pasa y no sabemos qué contestar.

Luego llega un momento en el que decididamente no queremos saber ni queremos contestar. ¡Tan sólo no queremos jugar más!¡Preguntas, marchaos! Entonces olvidamos el juego y la existencia se torna algo rutinaria, amarga y seria. Sólo a veces, normalmente después de circunstancias no deseadas, se vuelve a plantear el juego y las preguntas que, como imanes, acuden a nosotros con velocidad de relámpago.

Tímidamente, algunos pocos, a regañadientes y con la tibieza del neófito, aceptan el juego y se adentran en los laberintos de las preguntas esenciales, en sus cavernas profundas, en sus espesos bosques, en sus ciénagas.

La aventura de las preguntas esenciales se manifiesta como un juego constante de ir y venir, de no saber y querer saber, de certezas y dudas, de seriedad y risa, de pérdida y encuentro, de esconderse y mostrarse, de destrucción y creación, de lucha interior y de paz inmensa.

A esta dinámica aludía Nietzsche cuando hablaba del “eterno retorno de lo mismo”, lo que denominaba como “pensamiento abismal”. Con él se refería a la sensación de estar viviendo una y otra vez esta experiencia trágica y lúdica de olvidarse de sí mismo para luego encontrarse, como si eternamente la humanidad estuviera experimentando el mismo círculo: los mismos miedos, los mismos anhelos, los mismos descubrimientos, existencia tras existencia, civilización tras civilización. Un juego, una danza siempre igual y siempre diversa, aunque también siempre escamoteada en el camino de buenas dosis de drama, de olvidos y circunspecciones.

Lejos de ver esta circularidad de la existencia como una condena, Nietzsche, uno de esos pensadores que trascendió su época, la abraza en el momento en el que le asalta desde el abismo de su propio ser una pregunta esencial:

“- ¿Esto era – la vida?” Quiero decirle yo a la muerte.
“¡Bien! ¡Otra vez!”
Amigos míos, ¿qué os parece? ¿No queréis vosotros decirle a la muerte, como yo: ¿Esto era la vida? Gracias a Zaratustra, ¡bien! ¡Otra vez!”.

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