¿QUÉ ES EL EGO?

Quien investiga a fondo esta pregunta emprende un viaje transformador, pues el ego no es sólo el egoísmo.

Cuando hablamos del ego, solemos relacionarlo con actitudes de superioridad y desprecio hacia los demás. También lo relacionamos con el liderazgo autoritario, la imposición de intereses personales, el narcisismo o la voluntad de dominar al otro. El ego así entendido ha adquirido formas estructurales a gran escala, como es el caso del machismo, que entiende la superioridad del hombre sobre la mujer, o el racismo, que entiende la superioridad de la raza blanca sobre el resto de seres humanos.

Pero esto no es más que la punta de ese gran iceberg que es el ego. El ego es el conjunto de definiciones mentales que limitan nuestro ser. Esto incluye las máscaras que nos ponemos para sentirnos más “seguros”: la máscara del triunfador, del gracioso, del cumplidor, del intelectual, del hombre grave… El ego no es sólo las definiciones y actitudes de superioridad, sino también de inferioridad. Por ejemplo, definirse a sí mismo a través del sufrimiento, la negatividad o el victimismo. También el “buenismo” de pretender agradar a todo el mundo y que te consideren aceptable: “yo soy bueno”.

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El ego es una “necesidad” de definirse y comunicarse con la realidad a través de esa definición: yo soy “esto” y no soy lo “otro”. Esta tendencia nace cuando nos encontramos con un vacío que es vivido con angustia y miedo, como si de un pozo sin fondo se tratase. Huimos de este abismo creyendo que no tiene nada que ver con nosotros y es entonces cuando nos “agarramos” a una de estas definiciones del ego y nos ponemos la máscara.

Pero entonces, ¿qué responder cuando nos preguntan “quién eres”? Ante una pregunta así, obviamente respondemos que somos “esto” o lo “otro”, nos dedicamos a tal cosa o tal otra. Estas respuestas tienen un valor funcional, pero el ego aparece cuando estas definiciones nos aportan una sensación de seguridad que en el fondo carecemos. Ego no es tener gustos, preferencias o un estilo de vida diferenciado. Al contrario, esto es positivo en la medida en que nos ayuda a descubrir qué nos hace singulares y únicos.

La pregunta aquí es ¿estoy cómodo sin estas definiciones?¿o necesito ser gracioso, o grave, o bueno, o una víctima?

Cuando “necesitamos” de estas definiciones y máscaras el ego construye una distancia insalvable con el mundo. Crea barreras mentales que nos separan de los demás y que dan lugar al sentimiento de separación. El ego vive solo y siente soledad, pues no es lo mismo estar solo, estar consigo mismo, que sentirse sólo. Esto oculta nuestra dimensión más profunda, indefinible, vulnerable y real de nosotros, aquella que nos conecta de verdad con el mundo y nos permite comunicarnos entre iguales.

El ego es un experto protegiendo el miedo, evitando el contacto real, escondiendo los sentimientos, ocultando los vacíos propios, aparentando ser quien no es. Mantener vivo el ego es ciertamente costoso, pues, lejos de resolver estos conflictos internos, ahonda en ellos y los cronifica. Así es la sensación de convertirse en un extraño para sí mismo, como bien describe Kafka en su Metamorfosis.

El ego no es un asunto que le afecte a unos pocos; es una estructura de mil caras que se nos presenta a todos y cada uno de nosotros. De ahí la importancia de aprender a detectarlo, pues nos ahorramos muchas dosis de sufrimiento psicológico que a día de hoy sigue afectando a millones de personas.

La buena noticia es que en el fondo el ego es irreal, ilusorio, no existe; es maya, como lo llaman en India. La prueba está en que estas máscaras se pueden eliminar cuando las detectamos y nos volvemos conscientes de ellas. ¿Qué queda entonces? Al ego lo podemos definir, pero no su ausencia… Esto ha sido llevado al cine en la escena del Retorno del Jedi en la que Darth Vader se quita su oscura máscara: lo que queda es un ser vulnerable y real, un ser desconocido, indefinible, vivo.

Descubrir el ego no conlleva ser “perfecto” y no cometer errores. Sí conlleva experimentar cambios que conducen a ser más real. No creo correcta la expresión “no tener ego”, pues la máscara podemos volver a ponérnosla en cualquier momento. Lo que sí podemos es desarrollar la capacidad, la lucidez y el hábito de “captar” el ego y sus máscaras y no engancharnos a él. Así que una clave para el arte de vivir es mantener esta atención liberadora, día a día: la atención de vivir sin la falsa seguridad de una máscara, de una definición, de un ego ilusorio.

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