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A veces tiene que pasar mucho tiempo para aceptar un suceso que en su día fue ofensivo, vergonzoso o absurdo. Sucesos que a primera vista no tienen ningún sentido ni finalidad. Entonces, muchos años después, se abre la posibilidad de apreciar los detalles de lo ocurrido desde un punto de vista más sereno, llegando incluso a un inesperado “¡qué tontería, no fue para tanto!”. Es entonces cuando se pueden establecer ciertas conexiones y relaciones que ayudan a comprender dónde estás ahora.

Un ejemplo extremo lo encontramos en los campos de concentración nazi, donde millones de personas murieron de forma humillante para sostener la guerra más sanguinaria que ha habido en Europa. El psiquiatra Viktor Frankl fue un testigo de excepción de estos hechos, al permanecer recluido en varios de estos campos de concentración durante tres años, hasta el final de la guerra.

En su obra “El hombre en busca de sentido”, dedicada a retratar la psicología de los prisioneros, describe una forma de vida cuasi animal, sometida a trabajos forzados en condiciones extremas. La arbitrariedad de las normas y la brutalidad de las SS hacían de la supervivencia diaria el modo habitual de vida en el campo. Cuenta Frankl cómo estas condiciones extremas de esclavitud llevaron a muchos de sus compañeros a doblegar su voluntad de vida hasta desfallecer. El crematorio parecía ser el destino ineludible de tanta hambruna y tantas jornadas exhaustas de trabajo. ¿Qué sentido tenía entonces aguantar unos cuantos días más en estado vegetativo?

En este relato redactado en tan sólo 9 días narra cómo la reclusión, la sordidez y el absurdo del campo le condujo forzadamente al descubrimiento de la libertad interior, una dimensión insobornable que, en sus propias palabras, disponía a los presos incluso a afrontar “la muerte con coraje y dignidad”. Esta dimensión, que algunos de ellos lograron aprender en estas condiciones extremas, es la que, según Frankl, se encuentra en el trasfondo de la infinita variedad de vidas humanas que pueblan el planeta. Por eso dice que “en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino que la vida espere algo de nosotros”. Cualquier situación de vida es propicia para captar esta dimensión.

A estas interesantes reflexiones añade Frankl cuál fue el propósito concreto que cumplió en su vida personal la experiencia en los campos de exterminio: “la Historia nos brindó la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Quién es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es”. Gracias a su libro Frankl se convirtió en uno de los principales referentes de la psicología humanista, con su particular método de “Logoterapia”, fundado en el principio de que la ausencia de un propósito en la vida no es en sí mismo una patología, sino la primera fuerza motivante del ser humano, la cual otorga a la existencia de significado. La evasión de esta búsqueda de sentido sería la causa originaria del las neurosis.

Este libro ejemplar sobre el sentido de vivir nos conduce al mejor de los libros posibles: la propia vida, el libro vivo de lo que nos sucede día a día, muy lejos de los años grises de Frankl. En ese lugar donde suceden muchos acontecimientos inesperados, confusos, hostiles o simplemente “absurdos” que generan tanto dolor se abre la pregunta por el sentido: “¿para qué todo esto?”¿Qué sentido tiene?”. La pregunta por el sentido de la vida tiene el riesgo de convertirse en un laberinto mental o en una oportunidad para exhibir la erudición, así que es más efectivo preguntarse “¿qué me está enseñando esto que me está ocurriendo ahora?”.

Al preguntarnos por la enseñanza de lo que nos está pasando, lo más importante no son las respuestas que podamos obtener, sino la profundización interior que ocurre. Esas enseñanzas, cuando son auténticas, conducen a una ampliación de la percepción de la realidad: bien suavizando cierta rigidez mental, trascendiendo un resentimiento acumulado, abriendo una visión más compasiva de los demás, o directamente a “aceptar lo que es”.

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