China

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Normalmente asociamos la riqueza con la abundancia y el exceso, y la pobreza con la carencia y el defecto. También se suele considerar que ricos, por definición, sólo puede haber unos pocos, mientras que la pobreza está al alcance de cualquiera y, de hecho, alcanza a multitudes.

Esta visión de la realidad suele provocar en el corazón de las sociedades un sentimiento más o menos latente de carencia, una sensación inmutable de que algo nos falta.

Lo más chocante de esta situación es que probablemente la nuestra sea la sociedad histórica que más recursos, objetos, conocimientos, productos, técnicas, cultivos, animales, etc. tiene a su disposición, mientras que nada indica que esa deriva creciente haya llegado a colmarse. Más bien al contrario, los problemas crecen de forma exponencial, paralelamente a un sentimiento crónico de carencia.

Nos hemos acostumbrado a definir muchos problemas en términos de necesidades y de cantidades, pero a pesar de los enormes resultados logrados en términos cuantitativos, lo cierto es que la mayoría de problemas que adolece el ser humano quedan sin resolver. Problemas que siguen siendo los mismos que en su día se plantearon Sócrates, Buda, los estoicos, Lao Tsé y muchos sabios más de la antigüedad. El caso es que la naturaleza de estos problemas y dificultades es de carácter existencial, y tiene que ver con la esencia de nuestra identidad, el sentido de la existencia, la comprensión del sufrimiento, la libertad interior, el arte de vivir, etc.

Estos problemas y dificultades no se limitan a una cuestión de necesidades y cantidades, pues la dimensión a la que pertenecen es más bien cualitativa, esencial. Tiene que ver con nuestro modo de ver y comprender la realidad, es decir, con el conjunto de creencias y procesos mentales que movilizan nuestra actividad, nuestro sentir, nuestros hábitos. Y lo cierto es que este conjunto de creencias e ideas suelen operar en una dimensión más vaga y profunda respecto a aquellas creencias e ideas que podemos reconocer de forma racional, explícita.

Por eso, cuando nos enfrentamos a problemas y dificultades de carácter existencial no lograremos avanzar mucho pretendiendo adquirir algo del exterior, algo nuevo, algo sofisticado o alguien que cumpla con nuestras expectativas. Tiene poca eficacia afrontarlo desde la pregunta ¿qué me falta?.

Los seres humanos contemporáneos son, en términos comparativos, los más ricos de la historia, los que más capacidades y recursos tienen a su disposición, aunque todo eso se ha mostrado muy insuficiente de cara a resolver los problemas propios de la existencia humana. Nos sobran muchas cosas que no necesitamos para vivir bien; sobre todo, nos sobran muchas creencias limitantes, pues no hay cárcel más eficaz que las creencias operativas e inadvertidas que conforman nuestro imaginario, sobre todo cuando proyectan una imagen de pobreza interior que no es real.

Así que para afrontar estos desafíos es mucho más acertado penetrar en el nebuloso territorio de la creencias y sentimientos limitantes, y una buena pregunta para ello no es ¿qué me falta?, sino más bien ¿qué me sobra?

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