Magritte

Esta es una pregunta maestra, todos nos la hemos planteado alguna vez. Normalmente surge en los albores de la adolescencia, cuando uno empieza a abandonar la magia de la infancia, el asombro por las cosas y la evidencia de la vida. Poco a poco, cada aspecto del mundo comienza a adquirir un cierto aire de extrañeza, una distancia respecto a nosotros mismos a veces irreconocible, como si todas las cosas hubiera que nombrarlas de nuevo y firmar con ellas un pacto de no agresión. Es por esa edad cuando uno empieza a dudar de lo indudable y a cuestionarse lo incuestionable, en medio de una oleada de tormentas emocionales, angustias y miedos desconocidos. Es el momento también de la necesidad de explicaciones razonables y la búsqueda de causas concretas para poder entender en qué mundo estamos.

Cuando llega la hora en que la magia se desvanece dando paso al enigmático drama de las cosas del mundo, entonces, como un asalto nocturno en medio de la tiniebla, llega la pregunta del millón de dólares: “¿QUIÉN SOY YO?”. La gran mayoría de diarios íntimos comienzan a escribirse a esa edad, a modo de refugio último de la realidad, allá a solas consigo mismo, donde uno puede confesar su inagotable extrañeza/asombro ante todo cuanto acontece. Esa extrañeza es el secreto mejor guardado de estos diarios, que operan como un continuo esfuerzo quirúrgico por cerrar la brecha abierta por ese insidioso, sombrío y fascinante “¿QUIÉN SOY YO?”.

Esta indagación de sí mismo es propia de la adolescencia, sobre todo en las chicas. Todo es narrable en esa etapa de la vida, especialmente los primeros besos, las primeras disputas con los padres, los viajes alucinantes, los sufridos fracasos… La magia de la vida empieza a desmembrarse en dos grandes piezas de puzle difíciles de encajar: el “mundo” y “yo”, en medio de los cuales navegan el sufrimiento, las ilusiones, los grandes hallazgos, las decepciones… Los adolescentes experimentan en carne viva todos estos vaivenes y hacen de ellos un argumento de su propia historia vital.

Esta fase tan interesante en la exploración del yo suele durar entre unos meses hasta varios años, normalmente hasta alcanzar una cierta estabilidad personal. La llegada del trabajo y las exigencias del mes suelen diluir a pasos de gigante todo intento por recuperar ese espacio interior. El trabajo, la pareja, la familia y lo-que-hay-que-hacer comienzan a suturar las hemorragias del adolescente confuso y a llenar de sentido las relaciones con el mundo. Es entonces cuando se esfuma el insidioso  susurro “¿QUIEN SOY YO?”. Y digo tan sólo que se esfuma, porque no se olvida por completo.

Esa pregunta seguirá ahí, latente en medio del torbellino de las ocupaciones mundanas, aguardando su instante de gloria en el que poder asomarse cara a cara, como un periscopio submarino, para recordarnos su presencia, su insistencia, su incógnita. El caso es que por ese entonces uno cree ya haberla contestado, y de eso se trata cuando nos presentan a una persona nueva y, después de decirle el nombre, le preguntamos: “¿A qué te dedicas?” “¿Estudias o trabajas?”. En realidad es una forma cortés de preguntarle “¿Quién eres?“ “¿Quién se oculta detrás de ese rostro?”; aunque las convenciones sociales no permiten más que abordarlo superficialmente.

A veces tiene que acontecer todo un drama para que la pregunta emerja con todo su esplendor: un accidente de tráfico, una ruptura sentimental, la pérdida del trabajo, la muerte de un ser querido, etc. Todos estos acontecimientos nos arrancan súbitamente del relato estable que habíamos construido acerca de nosotros mismos y del mundo; nos arrancan del “cómo-son-las-cosas”, y el impacto que nos producen es muy hondo. De repente nos sentimos desprotegidos ante la realidad, desnudos, carentes de ciertas certezas que nos habían provisto de seguridad en el vivir cotidiano. La mayor incertidumbre que se cierne entonces es sobre uno mismo, la incertidumbre acerca del misterio en torno a uno mismo.

Cuando la pregunta retorna de nuevo a la pleamar de la conciencia, con no pocas dosis de temor, se abre ante nosotros una experiencia fundamental: estar con uno mismo. La belleza de la pregunta “¿QUIÉN SOY YO?”, la maestría de la pregunta, está en que al formularla nos devuelve de forma inmediata a nosotros mismos, más acá de cómo creemos que es el mundo, de qué cosas creemos que son las más importantes, de aquello a lo que más tiempo dedicamos y del “cómo-deben-ser-las-cosas”. Lo más interesante de la pregunta no es la respuesta, sino el hecho mismo de hacerse la pregunta, el acto de indagar en sí mismo. Todo lo que podamos contestar será relativo respecto a dicho acto de vuelta hacia uno mismo, que nos libera de ciertas creencias culturales e inercias mentales. Muchas veces creemos acerca de nosotros mismos una serie de cosas que son irreales, creemos ser “alguien” que en realidad no somos, y en ocasiones sólo un fuerte shock vital nos arranca de cuajo tal creencia.

Así que preguntarse de vez en cuando “¿QUIÉN SOY YO?” sirve para salir de muchas confusiones e historias en las que creemos inconscientemente, para volver a nosotros mismos. Sea lo que contestemos a esa pregunta será como mucho relativo, y dependerá del momento en que nos encontremos, la etapa de la vida en la que estemos, en cómo me siento, en cómo me van las cosas, etc. Es decir, nunca habrá una respuesta fija y definitiva respecto a lo que está en constante cambio y es infinito. Sea lo que contestemos, siempre habrá un perenne “YO SOY” resonando de fondo. Aunque suena hueco y simple, paradójicamente, es la dimensión más cierta de toda respuesta posible.

Así que tratar de definirse a sí mismo de alguna manera concreta puede ser muy limitante, de ahí la importancia de hacerse la pregunta más allá de querer responderla definitivamente.

Anuncios