images

A primera vista resulta ilógico querer experimentar dolor, y más aún, pretender retenerlo por un tiempo indefinido, asumiéndolo como un hábito y un modo de vida. Pero esto es así sólo en apariencia, pues es evidente que los seres humanos sufren, y la mayoría lo hace hasta el final de sus vidas.

¿Cómo es posible? Para comprender un fenómeno de esta magnitud que opera de forma automática, hay que explorar algunas creencias latentes que lo movilizan y lo sostienen.

La primera de ellas es el supuesto de que el sufrimiento, al ser parte de la naturaleza humana, es “natural” y “normal”, concluyendo erróneamente que estamos “condenados” a padecerlo de por vida. Esta creencia nos hace inmunes a toda sospecha de que podamos vivir libres, y está en la base de lo que los budistas denominan “ignorancia” en su sentido más radical, en el sentido de “creer” en el sufrimiento. Estas convicciones de fondo son las que sostienen formas de vida todo lo apáticas y aburridas que queramos, dando por bueno el supuesto de que “la vida es un valle de lágrimas”; o bien hacen vernos como luchadores infatigables que a fin de cuentas poco o nada pueden hacer frente a lo que Unamuno llamó el “sentimiento trágico de la vida”, llevándonos a un estado de insuperable contradicción y conflicto interior. Así se expresan ciertas visiones románticas y bohemias de vida así como ciertos modos rigurosos de existir, basados en el “arte de la soportabilidad” del sufrimiento, en vivir desde el deber o el sacrificio en nombre de una ideología.

Otra creencia inconsciente que acaba perpetuando el sufrimiento existencial establece que el dolor se puede trascender realizando ciertos propósitos convencionales: formar una familia, encontrar un empleo estable, tener éxito en los negocios o alcanzar la fama. Pero cualquiera que haya realizado alguna de estas “soluciones” se acaba dando cuenta de que el dolor vuelve a manifestarse tarde o temprano. Esto también ocurre con los propósitos más nobles y nada convencionales: actos heroicos y voluntariosos, la entrega a causas justas, los sacrificios de los propios deseos en favor de otros, etc.

Conforme tomas más conciencia de la persistencia del dolor a pesar de haber intentado conjurarlo de mil formas diferentes, aparece un nuevo y más cercano obstáculo: el miedo. En este caso, el miedo a “ver” directamente el dolor también lo sostiene ciertas creencias inconscientes, por ejemplo cuando creemos que es mucho peor el padecimiento que supone afrontar el miedo en comparación con una “supuesta” alegría de vivir sin él. En este caso se trata de una creencia en la propia debilidad y, con ella, de culpabilidad, pues conlleva un supuesto “no merecimiento” de la alegría de vivir.

Así que resignarse, negar o huir del dolor son algunas de las estrategias inconscientes más habituales para seguir reteniéndolo en nuestro interior. Y sobre todo el miedo, el miedo a lo desconocido, el miedo a quiénes somos en lo más profundo de nuestro ser, es el gran obstáculo que impide aceptar el dolor y trascender una vida vivida a medias.

Anuncios