Texto publicado en “Actas I Congreso internacional de la Red española de Filosofía”:

Una nueva cultura filosófica

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Dos imágenes del mundo

Hoy predominan dos imágenes del mundo por todos conocidas que, aparentemente antagónicas, no lo son tanto. La primera es muy antigua, vieja casi como el tiempo mismo, y que ha llegado milagrosamente hasta hoy. Es esa imagen que promete una vida mejor cuando acabe esta vida, un “más allá” después del “más acá”, una salvación postmortem en un paraíso eterno. Esta promesa requiere de un “pago” previo, nada menos que la existencia de una vida menesterosa, sufrida; es más, la vida misma como un valle de lágrimas. Este es el pago que corresponde a una inocente desnudez caída por el “pecado original”. La vida se convierte en un anhelo por la vuelta a la beata inocencia y una purga expiatoria de los pecados carnales. Una purga de la culpa, el castigo de la culpa.

Esto último no es baladí; aunque suene a rescoldo del pasado, todavía hoy pesa, nos pesa, como si vivir fuera una carga sobre nuestras espaldas. Esta imagen sigue ahí, pululando en nuestro imaginario más profundo aunque la razón no quiera, aunque haya dicho ¡basta!

La otra imagen del mundo predominante, incluso más predominante que la anterior, no parece una imagen. Parece la realidad, una realidad exterior reproducida mentalmente en nuestro interior. Es una imagen mucho más reciente, aunque no lo parezca, aunque pareciera tener existencia propia y llevara ahí desde siempre. Aparentemente una reacción a la imagen anterior, esta imagen también promete una vida mejor, como la anterior, pero la diferencia está en que esa vida mejor se puede alcanzar en esta vida.

Esta nueva promesa es posible en el futuro, con el paso del tiempo, pero al menos dentro del tiempo. El “pago” que hay que realizar es el esfuerzo, y el resultado prometido es el “progreso”. Esta es la deuda que corresponde pagar a esa especie de “desposesión desnuda” propia de quien no tiene nada al nacer, de quien viene al mundo desnudo, de quien no tiene más propiedad que su propio cuerpo y razón. Esta desposesión es tomada por vergonzosa, y así la vida se convierte en un “campo de batalla” donde todos compiten para redimir esa desnudez y recubrirla con posesiones. Y así nos llenamos de cosas y más cosas para adquirir una mejor posición ante los demás.

Dije al principio que estas dos imágenes del mundo tan sólo son antagónicas en apariencia. Ambas comparten una suculenta promesa, un cambio radical respecto a las condiciones iniciales de vida. La primera promete la salvación por medio del desprendimiento material, la renuncia al mundo y la fe. La segunda promete el progreso en la escala social y material mediante el esfuerzo, la ambición, la lucha y la competencia. Por tanto, ambas prometen una mejora y exigen un cambio en el estilo de vida.

Para la primera imagen del mundo, ese cambio no es completo hasta la muerte del cuerpo y la liberación del alma. La perfección no es posible en la ciudad terrena sino en el reino divino, y su realización requiere el abandono del cuerpo para que ésta sea completa, para siempre, eterna.

Para la segunda imagen del mundo, el cambio es posible en esta vida y sin abandonar el cuerpo, y se cumple cuando logramos “estar a la moda”, estar a la altura de los demás e incluso ser la envidia de los demás. Cuando tenemos todo aquello que el progreso ha producido y pone a nuestra disposición, sólo entonces es cuando “vivimos al máximo la vida”. A diferencia de la anterior, esta imagen de completud es muy efímera y se desvanece tan pronto como pasa la moda y llega otra nueva. Lo nuevo caduca rápido y requiere de nuevos esfuerzos, nuevas inversiones, más proyectos, hasta la muerte. La realización de esta segunda imagen del mundo es bastante fugaz, devolviendo constantemente sus promesas originales al lugar arquetípico que le corresponde: el inalcanzable futuro feliz.

Por lo tanto, estas dos imágenes del mundo hoy predominantes, casi tan reales como la realidad innombrable, prometen un estado de realización que se cumple o bien en el “eterno más allá” o bien en el “futuro más acá”. En ambos casos, el presente no tiene valor si lo comparamos con estas formas temporales. Parece insuficiente y nos hace insuficientes. No sirve más que de tránsito de un estado a otro, siendo la realización del estado final el momento más importante.

Este breve esbozo nos permite vislumbrar al ser humano actual como un ser de alguna manera insatisfecho, bien sea por la creencia de tener una “naturaleza caída”, y por tanto condenada de por vida al sufrimiento, o bien por la creencia de tener que lograr siempre algo más, algo nuevo, algo mejor que únicamente podrá encontrar en el mercado, en algún lugar fuera de sí mismo.

La disolución de las imágenes del mundo

La comprensión del ser humano identificado con una de estas dos imágenes del mundo revela una tarea fundamental de la filosofía: la tarea de encontrarse a sí mismo fuera de esas dos grandes cosmovisiones que hoy estructuran la mente humana, devolviéndonos constantemente al espacio de la presencia, al “más acá” desligado de escenarios mentales futuros. Esta tarea filosófica consiste en el autoconocimiento de sí mismo, y comienza al empezar a detectar la vorágine de pensamientos condicionados/imitados que reproducimos inconscientemente a cada momento, sin darnos cuenta, y que muchas veces acaban perdiéndose en los circuitos de estas dos imágenes del mundo.

El arte del “darse cuenta” de uno mismo es muy sutil y esquivo. Habitualmente podemos darnos cuenta de realidades y comportamientos exteriores. Nos es más fácil darnos cuenta de fenómenos que ocurren a otros antes que a nosotros mismos. Así está hecha la mente humana, siempre dispuesta a entregarse a lo que sucede en el exterior de sí misma, absorbiendo y perdiéndose en las imágenes del mundo predominantes. Por eso es muy duro para una persona rebatirle una imagen del mundo que ha internalizado como la realidad misma, porque la confunde con su propia identidad, su propio “sí mismo”.

Así que este giro filosófico a realizar va del exterior al interior, de las imágenes condicionadas de la conciencia hacia ese esquivo “sí mismo”. En este sentido, lo que acabo de denominar como “imágenes condicionadas” se podría equiparar a lo que habitualmente llamamos “pensamiento”. El pensamiento visto como una corriente imparable de imágenes y voces que galopan en nuestra conciencia repitiéndose una y otra vez. Hablo del pensar en el sentido de la mecanicidad y repetitividad de los pensamientos. La filosofía tal y como la entendemos actualmente es una actividad intelectual dedicada a trascender el pensamiento convencional, el pensamiento como mera repetición de tradiciones, prejuicios y convicciones asumidas de forma acrítica. Este filosofar que normalmente practicamos pretende ser crítico con las estructuras convencionales de ver la realidad, de ver el mundo, etc. Digamos que la finalidad de este modo de filosofar está en promover un juicio propio, emancipado de las convenciones y dogmas populares.

Pero el hacer filosófico del que hablo es distinto a este último modo de hacer filosofía. No se trata de negarlo, sino de subsumirlo e integrarlo en una experiencia más originaria, que podríamos denominar el “reconocimiento de sí mismo”. Tal vez esto suene demasiado abstracto, así que lo voy a denominar sencillamente “silencio mental”. La experiencia del silencio mental es relativamente nueva en Occidente, aunque ha sido secularmente promovida en la filosofía tradicional de Oriente. En este sentido, el silencio mental sería respecto a la mente una experiencia análoga al despertar matinal respecto del sueño. Normalmente sólo nos damos cuenta de que estamos soñando hasta que despertamos y abrimos los ojos; algo semejante ocurre con la mente: sólo podemos ver su inercia compulsiva cuando experimentamos de forma directa el silencio mental que la detiene.

No es evidente captar la experiencia del “silencio mental” porque la cultura contemporánea es profundamente mental, digamos “hipermental”, “supermental”. La filosofía que habitualmente practicamos se propone razonablemente fomentar el “pensar”, el pensar de forma libre y autónoma, el pensar emancipatorio. Pero suele pasar por alto la profunda compulsividad por pensar que caracteriza a la cultura de la información, la cultura digital, o como queramos llamarla. Es decir, y como dice Eckhart Tolle, me parece que no hemos tomado en serio hasta qué punto pensar se ha convertido en un acto compulsivo, adictivo, imparable, desgastante, “cultural”, propio de la posmodernidad1. El pensar tal y como acontece habitualmente es un tremendo despilfarro de energía y fuente de confusión. Este pensar está dedicado a buscar siempre nuevos problemas, nuevas preocupaciones, a recordar asuntos del pasado, a prever posibles escenarios futuros, creando así un incesante caleidoscopio de conflictos mentales.

Una de las aficiones favoritas del pensar posmoderno e imbuido de la creencia en el progreso inagotable está en preguntarse una y otra vez: “¿y qué más?” “¿Y qué viene después?”. Nos hemos convertido en una especie de “futurópatas” enganchados a “lo que está por venir”, desprendiéndonos una y otra vez de la validez, la completud, la suficiencia del presente. Vivimos en una cultura de la insatisfacción crónica, ávida y voraz de novedades que rellenen de forma continua el vacío interior y nos proporcionen un nuevo objeto exterior a lograr, a aprender, a consumir. Ese objeto exterior puede ser material o inmaterial, tangible o mental, puede ser un objeto físico o un logro intelectual, un rango social, etc. Esto no quiere decir que sea ilegítimo conseguir cosas, adquirir conocimientos, tener objetivos, etc., sino que pone de manifiesto una profunda disfunción cultural asumida como “normal”: la insatisfacción, el sentimiento de carencia, el vacío como fundamento de una sociedad.

Es importante comprender el estado actual de esta cultura, el estado en el que está la conciencia colectiva de la humanidad. Nietzsche llevaba razón cuando advertía en la Gaya Ciencia que la conciencia racional es un producto tardío de la evolución de la especie humana, y como tal está preñada de incoherencias, conflictos y dramas internos2. Sin embargo, y de eso ya sabemos mucho los filósofos actuales, la filosofía moderna europea veneró excesivamente la razón, el potencial de la razón para construir mundos y resolver problemas. Hoy tenemos mucho más claro que hace un siglo que la razón como tal es un instrumento limitado y falible. Tiene un lugar legítimo, pero no podemos entregarle una supuesta hegemonía absoluta.

Del pensamiento a la consciencia

Cuando empezamos a “ver” el escenario mental en el que vivimos, esa compulsividad por pensar constantemente y aunque no sea el momento adecuado para ello (¿acaso es necesario pensar cuando hacemos ejercicio o cuando hacemos el amor?); digo que cuando “vemos” este escenario mental o hipermental podemos replantear la figura y función del filósofo tal y como la conocemos hoy: ¿será todavía principal la tarea filosófica de enseñar a pensar? ¿Satura esta tarea el ejercicio de la filosofía y la figura del filósofo? Durante los últimos siglos, el filósofo europeo se ha consagrado a la tarea de pensar, a reivindicar esa preciosa función humana, a venerarla; tal vez cayó fascinado ante la reverencial majestad de la inagotable abstracción teórica y especulativa de que es capaz el intelecto. En ningún lugar del planeta como en Europa se ha desarrollado el ejercicio mental, el pensar, la filosofía tal y como la conocemos hoy. Pero actualmente hemos llegado a una situación extrema de saturación intelectual; cierto es que no me refiero a un pensar elocuente y lúcido, sino más bien incontrolable e innecesario, socializado a escala global.

Es en este sentido que el filósofo del siglo XXI está en condiciones de experimentar un giro novedoso, una mutación interior que le permita conectar con una dimensión nueva de la consciencia: la dimensión del silencio mental, la dimensión del estado consciente no mediado por el intelecto. Parece imposible, ¿verdad?

Este silencio del que hablo, este estado de la consciencia, es nuevo sólo relativamente, pues de ello han hablado y practicado los filósofos asiáticos durante milenios, hasta hoy: Lao Tsé en China o Patanjali en India son algunos de los ejemplos más antiguos y con testimonios escritos. Hasta hace pocas décadas han sido personajes aislados, extraordinarios, casos raros de la historia quienes han hablado de ello. Pero actualmente, y precisamente por un efecto bascular de la realidad, la saturación mental de las sociedades contemporáneas, de mujeres y hombres de la actualidad, les está conduciendo a la posibilidad de experimentar el silencio mental como una novedad en sus vidas. Es decir, este fenómeno de la consciencia humana está comenzando a no ser un lujo al alcance de eremitas raros y extraordinarios. Si hace unos siglos nació en Europa el pensar reflexivo como una cualidad nueva como respuesta a la superstición religiosa, el fanatismo y la idolatría, ahora la posibilidad del silencio mental está emergiendo como respuesta a sus propios excesos. Las depresiones, la ansiedad o el estrés son enfermedades muy recientes (y normalizadas) que ponen bien de manifiesto todo esto.

En este contexto emergente, todavía sin nombre, el filósofo está en condiciones de captar una dimensión nueva en su propio estado de consciencia y en su propio ejercicio profesional. Este filósofo de la actualidad tiene ante sí la posibilidad de realizar un ejercicio paradójico: enseñar simultáneamente a “pensar” y a “no pensar”, enseñar a manejar conceptos que ayuden a comprender la realidad y a silenciar la mente cuando su uso sea innecesario. Para realizar esta especie de “salto cuántico” de la consciencia es imprescindible captar primero en uno mismo esa saturación desbordante del “pensar por pensar”, del pensar porque sí, del pensar como imparable ociosidad, del “tener la mente ocupada en algo porque no tengo otra cosa más que hacer…” Y esto puede ser una gran dificultad en el seno mismo del gremio filosófico, pues no sólo vivimos en una cultura saturada de pensamiento, sino que nuestra misma profesión se dedica a ello con un ahínco más refinado y con una pretensión de mayor complejidad, riqueza y precisión. Así que el proceso de captar la dimensión del “no pensar” para un filósofo contemporáneo puede ser especialmente difícil. Su mayor adversario para lograrlo es la incredulidad, el espíritu de réplica, la convicción segura de sí misma. Un acto mental, vaya…

La importancia de captar esta dimensión de la consciencia humana, esa dimensión no intelectual e innombrable, nos permite comprender hasta qué punto la humanidad está imbuida en el pensamiento y vive a través del pensamiento, ese pensamiento mayoritariamente innecesario que tanto nos abstrae de la realidad. No es casual la moda actual de estar siempre conectados a Internet, de mirar constantemente la televisión, el móvil, el WhatsApp, el Facebook, el Twitter, el iPod. Vivimos a través de pantallas digitales, lo cual no deja de ser una exteriorización física de ese “vivir a través de la mente”, ese vivir en la caverna platónica. Como filósofos del siglo XXI tenemos ante nuestros ojos una sociedad, una consciencia colectiva planetaria que vive a través de la mente y que padece por ello de un modo extraordinario. Basta con pasear por las calles de las grandes ciudades del mundo y observar los rostros de la gente, de esa mente complejísima que hemos creado. Esos rostros serios, fruncidos, con prisas, ocupados y preocupados en varias cosas a la vez, esos rostros que caminan a toda prisa por las principales avenidas del planeta están expresando este estado hipermental de la cultura.

Como filósofos del siglo XXI tenemos la oportunidad de dar un paso adelante en cuanto a cómo entendemos el ejercicio profesional de la filosofía y captar cuáles son los retos de la sociedad actual. No se trata solamente de enseñar conceptos nuevos, de enseñar a pensar, sino también del sutil ejercicio de aprender a silenciar la mente. Es fundamental ver esto en relación con la confusión y pérdida de sentido que padecen tantos hombres y mujeres actualmente. La cultura posmoderna, es decir, la cultura del progreso rampante y del consumo ilimitado nunca podrán proporcionar un sentido auténtico de vida, una imagen mental plenamente satisfactoria. Es imposible porque la cultura está fundamentada, como dije anteriormente, en una construcción mental ficticia alimentada diariamente por el marketing, los escaparates, la publicidad, la televisión, las webs y todos los medios de persuasión de masas. Hay toda una industria dedicada a fabricar estos símbolos, marcas, ideales y modas enloquecedoras donde es muy fácil perderse. Y este “perderse” es muy cierto y real. Hay toda una voluntad de “entregarse” a esta fantasmagoría y vivir a merced de ella, importando poco o nada los esfuerzos y renuncias que hay que hacer para ello: trabajar en cualquier cosa, hipotecarse los años que hagan falta, endeudarse para comprar una novedad, etc.

Toda esta trama está abrumadoramente instalada en el imaginario colectivo, y, se diga o no se diga, oculta tras de sí mucho sufrimiento, desorientación y vacío existencial. ¿No sentimos los filósofos una responsabilidad ante la manifiesta falsedad de esta triste, mala y real pieza teatral? Necesitamos de un ejercicio filosófico más directo y cercano capaz de desconectar esta “matrix” mental, un ejercicio capaz de tocar de un modo vivencial la experiencia del individuo concreto. Este ejercicio filosófico podría resumirse en torno a la inagotable pregunta: “¿quién soy yo?”, que subyace a todo un ejercicio de orientación filosófica hacia uno mismo, hacia sí mismo.

El lugar de la sabiduría

La filosofía no sólo ha de proporcionar un ejercicio reflexivo acerca de las imágenes del mundo, sino también, previamente incluso, un ejercicio de transformación y orientación hacia uno mismo, hacia “ese ser quien uno es”. Es cierto que la filosofía tal y como la practicamos hoy en la enseñanza tiene un potencial transformador, pues al cambiar el cómo uno ve el mundo también puede cambiar el cómo uno se ve a sí mismo. Pero este cambio suele ser parcial, al menos en el sentido de que no llega al núcleo del silencio mental, del silencio interior, ese silencio de donde emana la autenticidad que uno es de verdad. Prueba de ello es que el filósofo tal y como lo concebimos hoy suele estar también insatisfecho, no tanto por no poseer las últimas novedades que el mercado le ofrece, sino porque el mundo real no se ajusta a la imagen del mundo que concibe de forma ideal. La concepción de imágenes del mundo es legítima siempre y cuando nos sirva para orientarnos en la experiencia, como estrella polar inalcanzable que nos ayuda a caminar, pero cuando esas imágenes del mundo concebidas filosóficamente se convierten en un deber humano, entonces su función orientativa se convierte en un mandato cuyo incumplimiento está cargado de jorobas de dolor.

Necesitamos recordar la vieja tarea transformadora de sí que la filosofía está legitimada para realizar, y que hace muchos siglos realizó también en Europa, especialmente en Grecia y Roma, a través de lo que Michel Foucault denominó la “cultura del cuidado de sí”3. No hay nada nuevo en el fondo de todo esto, tan sólo cambia la forma histórica que le podemos dar. Hoy ya no hay pórticos ni ágoras ni “jardines”. Al contrario, hemos construido escuelas, universidades y centros de investigación. Pero, ¿cuál es el lugar legítimo para este nuevo hacer filosófico? Como pregunta Mónica Cavallé4, ¿dónde están los sabios en nuestra cultura? Sin duda ese “lugar” hoy no existe, lo olvidamos hace muchos siglos atrás. Y no hay otra alternativa más que crearlo de nuevo.

La posibilidad de una nueva cultura filosófica está relacionada con ese nuevo y paradójico ejercicio filosófico: enseñar a “pensar” y a “no pensar”. Hay una tremenda y justificada necesidad social de ello, una necesidad de conocerse a sí mismo, de estar en paz con uno mismo y vivir en plenitud, sin ese desgarro permanente de tener que lograr un inalcanzable futuro mejor. A los filósofos nos corresponde ver esto o no.

Esta nueva función social de la filosofía tiene una cualidad más orientativa que pedagógica, trata más bien de inspirar que de enseñar. En este sentido, el estudio de la historia de la filosofía es relevante en un segundo plano, teniendo un valor referencial respecto a aquellos autores que han tocado el tema de la llamada “filosofía perenne”. Autores como Sócrates, Marco Aurelio o Nietzsche, por citar algunos reconocidos por la historia oficial de la filosofía, así como muchos otros ejemplos singulares desperdigados a través de los siglos, incluso anónimos. El tema primordial de la filosofía perenne es el conocimiento de sí, y todas las cuestiones atemporales relacionadas con ello: “¿cómo vivir mejor?” “¿Cómo trascender el sufrimiento?” “¿Quién soy yo?”. La filosofía contemporánea ha abandonado mayoritariamente todas estas cuestiones, cuestiones sencillas, vivenciales, incisivas, que son las cuestiones que pueden interesar a cualquier individuo con inquietudes profundas, y lo ha abandonado por un exceso de historia y contextualidad. ¿No será acaso este exceso histórico un reflejo de la contemporánea complejidad mental?

La filosofía tal y como la practicamos hoy ha realizado grandes logros detectando ideologías, funcionando como instrumento de análisis de patologías colectivas, sociales, históricas, pero, ¿y qué hay del potencial filosófico para hacerle descubrir a una persona concreta las estructuras mentales que subyacen en su vivir cotidiano? ¿Por qué sólo analizar corrientes filosóficas y filosofías de una cultura histórica concreta, y no también sacar a la luz una filosofía particular de vida, una filosofía personal de vida que experiencialmente es fuente de confusión y sufrimiento? La filosofía tal y como la practicamos hoy tiene un potencial emancipatorio y liberador en un nivel conceptual-abstracto, pero no está enfocada en un nivel concreto y vivencial del individuo, de la vida de un ser concreto. Esa tarea, si acaso, ha sido entregada a los psicólogos, médicos, “coacher” y toda una amalgama de nuevos “entrenadores de la persona”. ¿No tiene nada que decir y hacer al respecto el filósofo del siglo XXI? No basta con aprender a pensar el mundo, sino antes bien transformarse a sí mismo, pues la transformación de sí conlleva simultáneamente un cambio en la visión del mundo. Esta es una necesidad vital de primer orden que nuestra cultura tiene que recuperar, pues las ideologías del consumo hacen y seguirán haciendo su incansable y suicida labor de construir falsos mundos futuros, falsos y carentes individuos.

La tarea de la transformación de sí es originariamente filosófica y espiritual. Una transformación de sí es imposible sin un conocimiento nuevo de sí mismo. Cuando un saber cambia el ser y nos arraiga en una dimensión más profunda de nosotros mismos, este cambio es de carácter filosófico-espiritual. Tradicionalmente se le ha llamado “conversión”, pero esta palabra está cargada de prejuicios ideológico-teológicos y prefiero no utilizarla. La transformación de sí tiene que ver con ser más auténtico, y ocurre cuando nos desprendemos de ciertas capas superficiales, artificiales de la personalidad. Cuando “ves” esas capas superficiales, cuando “ves” esa falsedad, adquieres un saber que cambia el ser y lo hace más verdadero, lo transforma. Hemos separado durante muchos siglos la filosofía de la espiritualidad, colocando la primera en el territorio del juicio propio-emancipador y la segunda en el terreno de las creencias comunes-idolátricas. Por un lado la razón y por otro lado la fe; por un lado la conciencia libre y por otro el dogma. Así, la filosofía parece haberse adscrito al lugar del sujeto emancipado y la espiritualidad al lugar de la masa indiferenciada.

Esta separación histórica es muy limitante. El caso es que la transformación de sí nos lleva a un lugar común a todos los que la experimentan: el lugar del sí mismo, del silencio mental, el lugar de la consciencia sin objetos mentales. Esta transformación nos hace más veraces y, sí, también más singulares, más originarios, en el sentido de no ser autómatas que repiten lo que la cultura, el entorno y la familia te invitan a repetir. Esa dimensión filosófica de la subjetividad es legítima, no es imitación ni egoicidad, y deriva del silencio mental, del cultivo del silencio mental.

Esta experiencia transformadora de sí, la experiencia atemporal del silencio mental es profundamente transformadora, es previa a toda imagen del mundo y, por tanto, liberadora de las arraigadas cosmovisiones que sacan al ser humano de la presencia, transportándolo a escenarios imaginarios futuros, bien sea el “más allá” postmortem o el progreso. Esta experiencia está dejando de ser exclusiva de unos pocos y es posible socializarla, transmitirla, lo cual abre la posibilidad para una tarea filosófica nueva.

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