El silencio mental

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Normalmente entendemos por silencio el hecho simple de no hablar o no hacer ruido, el hecho de que no haya sonido alguno alrededor nuestro. Este silencio forma parte de la cultura urbana del “no molestar”, “no interrumpir”, “no invadir” espacios ajenos.

Esta forma de entender el silencio está muy aceptada socialmente porque se asocia a la «respetabilidad», al respeto en ciertos lugares: en las reuniones, la oficina, una sala de cine, la biblioteca, etc; o hacia ciertas personas: los vecinos del edificio, los oyentes de una conferencia o los compañeros de trabajo.

Todas estas son formas urbanas y modernas de silencio, formas de respetabilidad, y lo paradójico de estos nuevos silencios es que son simultáneamente fruto de un ruido social, de toda una cultura del ruido: ruido industrial, ruido comercial, ruido televisivo… El ruido es tal en las ciudades que forma parte de la “sana” normalidad.

Es asombroso el grado de aceptación social que existe hoy hacia el ruido, apenas alicatado por estas pequeñas y respetables formas de silencio que he comentado.

Pero, ¿cómo es posible que todo este ruido social forme parte de la aceptable normalidad? ¿No será que el ruido social es un reflejo de un ruido individual? ¿No será el ruido exterior un reflejo del ruido interior? ¿Y qué es ese ruido interior?

La clave está en la mente. Le hemos dado tanto poder y tanta credibilidad a la mente humana que apenas advertimos la fábrica de ruido en la que se ha convertido. Y no lo advertimos porque el ruido mental es “silencioso” para el oído convencional. No se “oye” de la misma manera que se oye el ruido de un motor, aunque estamos igualmente acostumbrados tanto a uno como a otro. La diferencia está en que el ruido exterior es más fácil de identificar, acotar, limitar, mientras que con el ruido interior nos identificamos hasta tal punto que no lo podemos reconocer como tal, como ruido, sino que lo tomamos como si fuéramos nosotros mismos, como si fuese una atmósfera natural.

Todo este ruido mental con el que nos identificamos opera de forma inconsciente y automática, y tiene un carácter compulsivo e involuntario, adictivo incluso. La compulsividad de “pensar por pensar”. El auge de las nuevas tecnologías, con Internet, los móviles, los ordenadores portátiles, los mensajes instantáneos, etc., etc., refleja y refuerza todavía más esta dinámica torrencial de la mente. Los nuevos mundos virtuales en los que vivimos cada vez más reflejan este comportamiento mental, cada vez más abstracto y desconectado de la realidad.

La hiperactividad mental y su inseparable ruido es un fenómeno relativamente nuevo, sobre todo por su intensidad. La mente humana, que es capaz de crear cosas extraordinarias, se hace cada vez más compleja, más absorbente, más dominante. Y el caso es que la mayor parte de esos “ruidos” no tienen ninguna utilidad. Lejos de mejorar la calidad del vivir, la hacen más densa y complicada.

Por eso es tan importante comprender una dimensión nueva del silencio, un silencio que no se oye, sino que se “ve” y se experimenta.
El silencio mental comienza cuando empezamos a “ver” la mente tal y como ella opera compulsivamente y sin dirección alguna, “pensando por pensar”, con sus preocupaciones, sus sospechas, sus dudas, sus miedos, sus reiterados monólogos, sus bucles ideológicos… Ese ruido involuntario que reproduce un caótico mundo ruidoso.

La mente tiene su lugar específico, su utilidad a la hora de hacer planes, manejar el lenguaje, reflexionar de forma autónoma o crear ideas novedosas. Este potencial de la mente es muy práctico porque nos da más claridad, más independencia y nos ahorra energía. Pero fuera de eso no tiene ninguna utilidad, a pesar de la excesiva importancia que todavía hoy tiene.

Sin la comprensión del auténtico silencio, el silencio que está más allá del oído convencional, la mente se convierte en una maquinaria de engendrar ruido y sufrimiento. Esta tarea requiere un esfuerzo personal, un ejercicio diario de atención y, sobre todo, mucha valentía. Lo que está en juego es transformar nada más y nada menos que la naturaleza de la consciencia.

 

 

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